A veces siento que la política es como un mercado lleno de gente intentando vender a la vez: todos quieren que se escuche su voz intentando verde algo, pero pocos realmente saben escuchan. Poco tengo claro pero si algo sigo aprendiendo es que, para que algo funcione, no basta con tener razón; hace falta tolerancia.

La palabra tolerancia se dice muy fácil pero su significa va más allá de aguantar a quienes piensan distinto. Es abrir espacio a opiniones que incomodan, debatir sin atacar, mantenerse en calma a pesar de la tormenta y entender que cada decisión, por pequeña que parezca, afecta a alguien. Hoy en día,en un mundo donde las redes sociales amplifican gritos y desacuerdos, practicarla se vuelve un acto casi revolucionario, no solo con los demás si no con la paz interior de quien practica la tolerancia.

He visto cómo las mesas de diálogo se vuelven negociaciones y acuerdo donde pequeños gestos de respeto, amabilidad y conciencia, hacen más por avanzar en la construcción de proyectos que cualquier discusión acalorada. La política debería ser un ejercicio de escucha, de construcción conjunta, y no un ring donde ganar significa aplastar al otro.

Al día de hoy, siendo joven aprendiz en este mundo, me doy cuenta de que la tolerancia no debilita, al contrario, fortalece. Permite conocer el otro lado de la historia, encontrar puntos de acuerdo, soluciones más justas y un diálogo que realmente sirva a la sociedad. Incluso cuando las diferencias parezcan irreconciliables, la tolerancia y la templanza serán el punto crítico para sostener la claridad y no perder el rumbo.

Porque al final, la política, al igual que la vida, es menos sobre imponerse y más sobre convivir y construir juntos.