Por Myriam Martínez Ramírez

Cada 1° de mayo, más allá de los titulares y los discursos protocolares, las calles del mundo se llenan de pasos decididos y voces que no se apagan. No es solo una conmemoración: es una jornada donde millones recuerdan, exigen y sueñan. Caminar ese día es caminar con el corazón en alto, con la memoria en la piel y con la esperanza como bandera. Porque la historia del trabajo no se escribió en escritorios de mármol ni en salas de juntas: se escribió con huelgas, con despidos injustos, con jornadas eternas… y con la dignidad inquebrantable de quienes, incluso con miedo, siguieron creyendo en un mañana más justo.

Ese espíritu de lucha sigue vivo. En cada país, en cada rincón del planeta, hay quienes aún sueñan con una vida donde trabajar no sea una condena a la supervivencia, sino una vía para alcanzar la plenitud. Ese sueño no solo interpela a empleadores o empresarios; también mira de frente a quienes hoy ocupan cargos públicos y, en muchos casos, han olvidado sus propias raíces.

El Día del Trabajo debería ser una oportunidad para hacer memoria, sí, pero también para asumir responsabilidades. Los derechos laborales no fueron un regalo. Fueron conquista tras conquista, arrancados a la historia por generaciones que no se rindieron. No caen del cielo ni se heredan: se construyen día a día, con cada jornada honesta, con cada protesta que se sostiene aun cuando el miedo aprieta.

Y sin embargo, hoy más que nunca, se siente una preocupante falta de sensibilidad en quienes toman decisiones. Es incómodo decirlo, pero necesario: hay funcionarios que parecen olvidar que el verdadero poder se sostiene gracias a quienes madrugan, a quienes hacen más con menos, a quienes mantienen en pie lo público, incluso cuando los aplausos son escasos y el reconocimiento, nulo. Ningún cargo está por encima de esa entrega silenciosa.

Muchos de los que hoy ocupan despachos con vista privilegiada, alguna vez compartieron el pan escaso y el salario insuficiente. Pero el poder, si no se cuida, entumece. Se vuelve rutina mirar desde arriba. Se pierde la humildad. Y en esa comodidad, algunos comienzan a rodearse de halagos, a despreciar al personal, a olvidar que servir no es una recompensa, es un compromiso.

Lo digo también desde la autocrítica. Quienes hemos ocupado espacios de representación sabemos que la línea entre honrar al pueblo y traicionarlo con silencio es muy delgada. Si alguna vez nos alejamos del origen, si alguna vez fuimos parte del problema, es momento de volver. De pedir disculpas. De corregir el rumbo. El poder no nos pertenece: es una responsabilidad transitoria. Lo que sí perdura —lo único que deja huella— es la dignidad con la que se ejerce.

Vivimos un tiempo complejo. La desigualdad se profundiza. La precariedad laboral ya no es excepción, sino norma. Y la automatización avanza sin un proyecto que ponga a las personas en el centro. Ante ese panorama, no podemos responder con indiferencia. Se necesita sensibilidad política, sí. Pero también ternura social. Gobernar no es imponer, es acompañar. Es reconocer que quienes trabajan no son subordinados: son el pilar sobre el que se sostiene toda transformación real.

Por eso, que este 1° de mayo no pase como uno más. Que no sea solo una fecha en el calendario, ni un discurso reciclado. Que sea, de verdad, una jornada de conciencia. Que quienes gobiernan escuchen lo que las calles dicen. Porque las marchas no son una molestia: son la voz viva de una sociedad que todavía sueña.

Y que desde cada trinchera, desde cada espacio donde comunicamos, organizamos o servimos, recordemos siempre que el poder sin vocación es hueco. Pero la dignidad de quien trabaja, de quien nunca se olvida de dónde viene, es y seguirá siendo la fuerza más hermosa y poderosa que tenemos para transformar el mundo.