Por Myriam Martínez
Hoy el mundo católico despide con profundo dolor a Su Santidad el Papa Francisco, un hombre que no solo llevó la sotana blanca con humildad, sino que encarnó en cada palabra y gesto el espíritu del Evangelio. Para quienes crecimos con la fe como guía y esperanza, su partida es también un duelo íntimo, personal. Francisco no fue un Papa lejano: fue cercano, latinoamericano, hablaba como nosotros, entendía nuestras luchas, nuestras heridas, nuestras esperanzas.
El primer Papa nacido en América Latina no solo rompió con siglos de tradición europea en la Iglesia, también vino a recordarnos que el cristianismo se construye desde abajo, desde los márgenes, desde las periferias. Su pontificado estuvo marcado por un profundo compromiso con los pobres, con los migrantes, con la justicia social. Fue un defensor incansable de la paz y del cuidado de la Casa Común, y nos enseñó que la fe no se vive solo en los templos, sino en la calle, en el abrazo al otro, en la coherencia entre palabra y acción.
Como mujer católica y como ciudadana comprometida con la transformación social, reconozco en el Papa Francisco una inspiración ética y política. Su liderazgo espiritual nos deja un legado inmenso: el llamado a construir una Iglesia más humana, una sociedad más justa y una política con compasión. Hoy oramos por su descanso eterno, pero también por la fuerza de su ejemplo, que seguirá iluminando el camino de quienes creemos en un mundo más fraterno. Francisco regresó a la casa del Padre con la misión cumplida, y su voz resonará por siempre entre nosotros.
Fallece el Papa Francisco a los 88 años: “Regresó a la casa del Padre”
