El poder sólo tiene sentido cuando sirve

Hay frases que trascienden la coyuntura en la que fueron pronunciadas y obligan a quienes participamos en la vida pública a mirarnos hacia dentro.

La presidenta Claudia Sheinbaum lo expresó con claridad: ningún interés personal puede estar por encima de los intereses del pueblo y de la Nación.

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Es una afirmación que vale la pena asumir no sólo como una postura frente a un acontecimiento político, sino como un principio para entender el ejercicio del poder.

Porque la pregunta de fondo no debería ser quién ocupa un cargo, quién encabeza una encuesta o quién pertenece a determinado grupo. La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿para qué queremos el poder?

Si la respuesta es el reconocimiento personal, el privilegio o la permanencia, habremos perdido el sentido de la política.

El poder democrático sólo adquiere legitimidad cuando se convierte en una herramienta para servir, transformar realidades y ampliar derechos.

La Cuarta Transformación nació precisamente de una ruptura con una forma de entender la política en la que unos cuantos decidían por muchos y los cargos terminaban convirtiéndose en patrimonio de personas y grupos.

Por eso, cuidar los principios no es un asunto menor.

Significa recordar que ningún proyecto individual puede ser más importante que el proyecto colectivo; que ninguna aspiración justifica dividir; y que ninguna posición política debería alejarnos de la gente.

Hoy, cuando nuestro movimiento vive nuevos procesos de organización y definición, estos principios cobran todavía mayor relevancia.

La pluralidad no debe asustarnos. En un movimiento amplio existen distintas trayectorias, generaciones, experiencias y legítimas aspiraciones. Eso es natural en democracia.

Lo verdaderamente importante es cómo se procesan esas diferencias.

Podemos competir sin convertirnos en adversarios. Podemos aspirar sin sentirnos propietarios de nada. Podemos expresar nuestras ideas sin descalificar las de los demás.

Y, sobre todo, podemos entender que participar también significa saber respetar la decisión del pueblo.

Desde Michoacán tenemos una responsabilidad especial.

Nuestra tierra conoce demasiado bien las consecuencias de la división, de los intereses particulares y de la distancia entre las instituciones y las comunidades.

Por eso necesitamos una política distinta: una política que vuelva a caminar, a tocar puertas, a escuchar antes de hablar y a reconocer que las respuestas no siempre están en los escritorios.

He comprobado nuevamente, recorriendo nuestras comunidades, algo elemental: cuando una persona abre la puerta de su casa no pregunta por los equilibrios internos de la política. Habla del agua, del empleo, de la seguridad, de sus hijos, del campo, de la escuela, de su comunidad y de su futuro.

Ahí recupera sentido todo.

La política no puede convertirse en una conversación entre políticos acerca de los propios políticos.

Tiene que volver una y otra vez al pueblo.

Por eso coincido con la reflexión de nuestra Presidenta: los cargos pasan. Lo que permanece es la responsabilidad con la gente y la congruencia con los principios que nos llevaron a participar en la vida pública.

En tiempos de definiciones, quizá convenga recordar algo sencillo:

aspirar es legítimo; servir es obligatorio.

Y cuando llegue el momento de tomar decisiones, por encima de cualquier nombre, grupo o interés particular debe estar aquello que nos reunió desde el principio:

el pueblo.

 

Myriam Martínez Ramírez