La soberanía no tiene apellidos | Myriam Martínez
En medio del ruido político de los últimos días, vale la pena recuperar lo esencial.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado una posición que merece respaldo: México puede y debe mantener una relación de cooperación con Estados Unidos y con todas las naciones, pero esa cooperación tiene límites claros. México es un país soberano y sus decisiones corresponden a los mexicanos y a sus instituciones.
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No se trata de defender personas. Se trata de defender principios.
Si existe alguna acusación contra cualquier mexicana o mexicano, debe sustentarse con pruebas y atenderse mediante las instituciones competentes. Nadie debe estar por encima de la ley. Pero tampoco una decisión tomada en otro país puede convertirse automáticamente en sentencia dentro del nuestro.
Esa diferencia importa.
La soberanía no significa cerrar fronteras, romper relaciones ni negarse a cooperar. México necesita diálogo internacional, intercambio económico, coordinación en seguridad y una relación constructiva con Estados Unidos.
Pero cooperación no significa subordinación.
Durante demasiado tiempo se normalizó la idea de que las decisiones tomadas fuera de México podían determinar nuestra conversación pública, nuestras instituciones e incluso nuestra vida política. Recuperar la soberanía significa también recuperar algo elemental: el derecho de nuestro pueblo a decidir su propio destino.
Por eso considero acertada la firmeza de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Respaldarla en este momento no significa renunciar al pensamiento crítico ni otorgar cheques en blanco. Significa reconocer que, frente a cualquier presión externa, primero debe estar México.
Y también significa algo más: entender que la defensa de la soberanía no pertenece a un partido político.
Pertenece a la República.
Podemos tener diferencias profundas entre nosotros. Podemos discutir gobiernos, decisiones, resultados y responsabilidades. Esa es precisamente la democracia. Pero nuestras diferencias deben resolverse aquí, con nuestras leyes, nuestras instituciones y, sobre todo, con la voluntad del pueblo expresada democráticamente.
La historia de México nos ha enseñado demasiado sobre el costo de permitir que intereses externos pretendan decidir nuestros asuntos internos.
Por eso hoy necesitamos serenidad, no estridencia; instituciones, no especulaciones; cooperación, no subordinación.
En esa defensa, la Presidenta no debe estar sola.
Porque cuando se trata de la soberanía nacional, antes que cualquier nombre, partido o circunstancia política, está México.
Con la Presidenta en la defensa de nuestra soberanía.
Con las instituciones en la defensa de la legalidad.
Y siempre, con el pueblo de México en la defensa de su derecho a decidir.






