La paz también se construye en las aulas: Myriam Martínez

Hoy estuve en Morelia en el informe de la presidenta Claudia Sheinbaum y, entre cifras, obras, programas y anuncios, hubo una frase que, quizá por mi formación como educadora, me hizo detenerme:

Los jóvenes tienen que estar en las escuelas.

Lee también Por qué sí Torres Piña

Parece una afirmación sencilla. Incluso obvia.

Pero en Michoacán no lo es.

Durante muchos años, cuando hablamos de seguridad, casi automáticamente pensamos en policías, patrullas, operativos, detenciones, armas y cárceles. Y claro que necesitamos instituciones de seguridad fuertes, policías preparados y una estrategia eficaz contra quienes cometen delitos.

Pero la pregunta de fondo es otra: ¿qué hacemos antes de que un joven llegue a manos de la delincuencia?

Ahí la educación deja de ser solamente un tema de escuelas y se convierte también en una política de construcción de paz.

La presidenta fue muy clara al explicar por qué se construyen escuelas y se entregan becas: para que las y los jóvenes permanezcan estudiando y no encuentren en los grupos delincuenciales una alternativa de vida. Durante el informe también habló de tres nuevas preparatorias y 16 planteles del Bachillerato Nacional en Michoacán. La Jornada

Y esto merece que vayamos un poco más allá del discurso.

Como docente sé que una escuela no solamente transmite conocimientos.

Una escuela puede significar pertenencia.

Puede representar disciplina, amistades, deporte, cultura, orientación y, sobre todo, un proyecto de vida.

Una beca tampoco es solamente dinero depositado en una cuenta. Para una familia con dificultades económicas puede representar la diferencia entre que una hija continúe estudiando o abandone la escuela para trabajar.

Por eso me parece importante que el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia coloque la atención a las causas dentro de la estrategia. El Gobierno federal ha planteado que este plan no sea coyuntural, sino permanente durante el sexenio, e incluye educación, bienestar, infraestructura y otras acciones junto con la estrategia de seguridad.

Ahora bien, tampoco debemos simplificar un problema tan complejo.

Las becas por sí solas no derrotan a la delincuencia. Las escuelas por sí solas tampoco.

Necesitamos seguridad, investigación, inteligencia, ministerios públicos que funcionen, policías profesionales y aplicación de la ley.

Y necesitamos resultados que puedan medirse.

Porque atender las causas y combatir la impunidad no son estrategias contrarias. Son dos partes de una misma obligación del Estado.

Pero hay otra responsabilidad que corresponde a quienes somos educadores, familias y sociedad.

No basta con lograr que un joven esté matriculado. Tenemos que preguntarnos qué encuentra cuando llega a la escuela y qué horizonte le estamos ofreciendo cuando salga de ella.

Ahí está, desde mi perspectiva, el verdadero reto.

Porque podemos construir muchas aulas, pero dentro de ellas debemos construir ciudadanía, pensamiento crítico, habilidades, valores, oportunidades y esperanza.

Y aquí quiero detenerme en algo.

Durante años hemos repetido que los jóvenes son el futuro.

No.

Los jóvenes son el presente.

Sus decisiones se están tomando hoy. Sus oportunidades —o la ausencia de ellas— están ocurriendo hoy. Y quienes buscan reclutarlos también están actuando hoy.

Por eso, cuando el Estado abre una preparatoria, acerca una universidad o ayuda a que una familia pueda mantener a sus hijos estudiando, no solamente está haciendo política educativa.

Está disputándole a la violencia algo mucho más importante que un territorio:

está disputándole a nuestros jóvenes.

Michoacán necesita policías preparados e instituciones fuertes, sí.

Pero también necesita escuelas llenas.

Necesita maestras y maestros respaldados, familias involucradas y jóvenes que puedan imaginar que estudiar, trabajar, emprender y construir una vida digna vale la pena.

Quizá algún día dejemos de medir la seguridad únicamente contando delitos y podamos medir también cuántos jóvenes logramos mantener en las aulas, cuántos terminaron una carrera, cuántos consiguieron su primer empleo y cuántos encontraron una oportunidad antes de que alguien les ofreciera un camino equivocado.

Porque la paz no comienza cuando llega una patrulla.

Muchas veces comienza mucho antes.

Comienza cuando una niña o un joven entra a un salón de clases y descubre que tiene futuro.

Eso también es construir la paz.

Sin rollos.