Las coincidencias no empiezan ni terminan en un proceso
Hay fotografías que retratan un momento y otras que invitan a pensar en lo que viene después.
Hace unos días compartí una mesa y una conversación con Ana Lilia Guillén, Gladyz Butanda, Carolina Rangel, Gabriela Molina y Celeste Ascencio. Nos conocemos desde antes, hemos coincidido en distintos momentos y también hemos construido nuestras propias trayectorias, con ideas, experiencias y formas particulares de entender la política.
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Varias participamos recientemente en el proceso interno de Morena en Michoacán. Carolina Rangel, por su parte, ha intervenido desde su responsabilidad como secretaria general del Comité Ejecutivo Nacional y como integrante de la Comisión Nacional de Elecciones. La participación de todas nosotras en ese proceso quedó documentada desde la etapa de registros.
Pero esta reflexión no trata de quién ganó o quién perdió.
Trata de algo que, para mí, es mucho más importante: qué hacemos después de un proceso político.
La política no debería destruir las coincidencias
En democracia es natural aspirar, competir y defender proyectos. También lo es tener diferencias.
El problema comienza cuando convertimos cada proceso interno en una frontera definitiva: de un lado quienes obtuvieron una responsabilidad y del otro quienes no; de un lado quienes coincidieron y del otro quienes discreparon.
La política democrática necesita algo más.
Necesita personas capaces de competir sin convertirse en enemigas, de discrepar sin descalificarse y de reencontrar coincidencias cuando llega el momento de construir.
La pluralidad no es una debilidad. Es una característica inevitable de cualquier movimiento amplio y de cualquier sociedad democrática.
Y aprender a convivir con ella es también aprender a hacer política.
Las mujeres no tenemos que pensar igual
Durante muchos años las mujeres luchamos para abrir espacios que parecían reservados para los hombres. Esa batalla todavía no está concluida.
Pero aumentar la presencia de mujeres en la vida pública también plantea una conversación que considero necesaria: participar no significa renunciar a nuestra individualidad.
Podemos compartir causas y, al mismo tiempo, tener opiniones diferentes.
Podemos aspirar legítimamente a una misma responsabilidad.
Podemos debatir.
Podemos competir.
Y después podemos volver a sentarnos a conversar.
La solidaridad entre mujeres no debería exigir silencio, subordinación ni pensamiento uniforme. Tampoco tendría sentido reproducir entre nosotras las mismas prácticas de exclusión que durante décadas cuestionamos.
La igualdad sustantiva requiere espacios, reglas y oportunidades, pero también mujeres con voz propia.
Un proceso termina; la responsabilidad pública continúa
Los procesos políticos tienen fechas, etapas y resultados. Las causas sociales no.
Cuando termina una competencia interna siguen estando ahí las comunidades que necesitan atención, las escuelas que requieren fortalecimiento, las mujeres que enfrentan desigualdades, las juventudes que buscan oportunidades y los municipios que necesitan desarrollo y seguridad.
Michoacán no puede detenerse cada vez que termina una contienda política.
Por eso considero que la capacidad de volver al diálogo es una señal saludable para cualquier organización política.
De hecho, durante el proceso hubo expresiones públicas entre participantes que planteaban precisamente la necesidad de preservar la unidad más allá de las aspiraciones individuales.
La unidad, sin embargo, no debe confundirse con uniformidad.
Unidad no es pensar igual. Unidad es saber qué cosas importantes podemos construir juntos aun cuando existan diferencias.
Michoacán necesita todas sus capacidades
Nuestra entidad enfrenta desafíos demasiado grandes para desperdiciar talento por diferencias internas, personales o coyunturales.
Necesitamos mujeres y hombres capaces de encontrarse en las causas fundamentales: educación, justicia social, desarrollo regional, igualdad, derechos, seguridad, oportunidades y bienestar para nuestras comunidades.
He aprendido durante años de participación social, educativa, periodística y política que las transformaciones profundas rara vez son obra de una sola persona.
Se construyen colectivamente.
Por eso aquella conversación entre mujeres tuvo para mí un significado que va más allá de una fotografía.
Representa algo sencillo pero necesario: los procesos pasan; las convicciones, el diálogo y el compromiso con Michoacán permanecen.
Nos conocemos. Hemos compartido distintos momentos. Tenemos nuestras propias historias y nuestras propias voces.
Y podemos seguir conversando.
Porque las coincidencias no empiezan ni terminan en un proceso.
Michoacán se construye trabajando juntos. Y la participación de las mujeres es indispensable para construirlo desde toda nuestra pluralidad.
Myriam Martínez Ramírez
Doctora en Ciencias de la Educación, comunicadora, docente y activista social.






