La charrería: de deporte nacional a legado del alma México

En el marco del Campeonato Estatal Charro Michoacán 2026, tuve la oportunidad de coincidir con Raúl Zepeda Villaseñor, quien con su pequeña hija en brazos recibió a nombre de su familia recibió la Presea “Espuela de Oro” en emotivo homenaje póstumo a don Raúl Villaseñor Villaseñor, su abuelo… lo cual me conmovió y me dejó una profunda reflexión, mientras yo acompañada de mi hija, portaba con orgullo camisa de charro que mi papá me heredó al fallecer.

Entre sentimientos encontrados de nostalgia y alegría, la convivencia con charros de larga trayectoria, hombres que han dedicado buena parte de su vida a preservar una tradición centenaria, y el diálogo con jóvenes que han decidido continuarla, me hicieron pensar en la importancia de aquello que nos da identidad y fortalece el sentido de pertenencia a nuestra tierra.

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Cabe aclarar, por aquello de los malos entendidos, que no provengo de una familia de charros, pero sí crecí con un profundo amor por el campo y por las raíces que han dado forma a la historia de México y de Michoacán. Quizá por ello, escuchar las experiencias de quienes han hecho de la charrería una forma de vida me llevó a reconocer el enorme valor de una tradición que representa mucho más que un deporte.

La charrería, nuestro deporte nacional, es también una expresión cultural que reúne valores como la disciplina, el respeto, el trabajo, la palabra empeñada y el amor por la tierra. Es parte de la esencia de un México profundo que se resiste a perder sus costumbres y que encuentra en sus tradiciones una fuente de orgullo y de identidad. Sin embargo, entre la música, las suertes charras y la alegría, también es inevitable advertir una realidad que debe preocuparnos: cada vez son menos los jóvenes que se acercan a estas expresiones culturales.

Los tiempos cambian y las nuevas generaciones enfrentan otros intereses y desafíos, pero precisamente por ello cobra mayor importancia reconocer a quienes han dedicado su vida a preservar estas herencias y a quienes hoy, con entusiasmo, toman la estafeta para mantenerlas vivas.

Conversar con charros veteranos y con jóvenes comprometidos con esta tradición me recordó que la fortaleza de un pueblo no se encuentra solamente en su desarrollo económico o en sus avances tecnológicos, sino también en su capacidad para conservar aquello que le da identidad. Porque los pueblos que olvidan sus raíces terminan perdiendo parte de su alma.

En lo personal, esa convivencia me llevó a reflexionar sobre los legados que construimos todos los días. Para mí, la educación, la comunicación, tanto como la política, son medios para sembrar esperanza y fortalecer nuestra comunidad. Y así como existen hombres y mujeres que dedican su vida a preservar las tradiciones, también todos tenemos la responsabilidad de cuidar aquello que da sentido a nuestra historia colectiva.

Por ello, mi reconocimiento a la familia Villaseñor y a todos los hombres y mujeres que mantienen viva la charrería. Su esfuerzo nos recuerda que la identidad no se hereda por decreto; se cultiva, se transmite y se defiende con orgullo. Porque al final, las raíces profundas son las que permiten que los pueblos sigan creciendo sin olvidar quiénes son.

 

Myriam Martínez Ramírez Doctora en Ciencias de la Educación | Comunicadora | Docente