México cambió porque cambió su gente: Myriam Martínez
Por Myriam Martínez Ramírez
Hay fechas que no solo marcan el calendario político de un país. Hay fechas que terminan convirtiéndose en parte de la memoria colectiva.
El 2 de junio de 2024 fue una de ellas.
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No únicamente porque una mujer llegó por primera vez a la Presidencia de México. Tampoco porque un movimiento político obtuvo un respaldo histórico en las urnas. Fue una fecha importante porque millones de mexicanas y mexicanos refrendaron una decisión que habían tomado años atrás: seguir construyendo un país distinto.
La contundencia del respaldo ciudadano obtenido en 2024 no puede entenderse únicamente como un resultado electoral. Fue también la decisión de millones de mexicanas y mexicanos de dar continuidad a un proyecto de transformación que puso en el centro a quienes durante décadas fueron invisibles para el poder.
A dos años de aquella jornada electoral, he escuchado muchas opiniones. Algunas celebran los avances. Otras cuestionan lo que aún falta por hacer. Ambas son válidas. La democracia también se construye desde la crítica y la reflexión.
Pero hay algo que resulta difícil negar: México ya no es el mismo.
La llegada de la primera mujer a la Presidencia de México representa un hecho histórico que trasciende a una persona. Es el reflejo de una sociedad que ha decidido ampliar derechos, abrir espacios y reconocer nuevas formas de liderazgo. Para muchas niñas, jóvenes y mujeres mexicanas, significa la certeza de que ningún espacio de decisión debe estar fuera de su alcance.
Lo percibo cuando recorro comunidades, cuando converso con mujeres que durante años sintieron que nadie las escuchaba, cuando platico con jóvenes que hoy participan en asuntos públicos con una naturalidad que antes parecía imposible.
Lo veo también en las escuelas.
Como maestra, sé que las transformaciones profundas no ocurren de un día para otro. Ningún aprendizaje importante sucede de manera instantánea. Primero cambia la forma de pensar, después cambia la manera de actuar y, finalmente, cambia la realidad.
Eso mismo ocurre con los pueblos.
Durante mucho tiempo se intentó convencer a la ciudadanía de que la política era asunto exclusivo de unos cuantos. Que las decisiones importantes se tomaban lejos de la gente. Que había cosas que simplemente no podían cambiar.
Sin embargo, la historia demostró otra cosa.
Cuando una sociedad recupera la esperanza, descubre que sí tiene voz. Que sí tiene fuerza. Que sí puede influir en el rumbo de su país.
Por supuesto que todavía existen enormes desafíos. Nadie que camine las calles de México puede afirmar que todo está resuelto. Falta fortalecer la seguridad, mejorar la calidad educativa, generar más oportunidades para las juventudes y seguir cerrando las brechas de desigualdad que durante décadas lastimaron a millones de familias.
Pero una cosa es reconocer los pendientes y otra muy distinta ignorar el camino recorrido.
La transformación no significa perfección.
La transformación significa avanzar.
Significa no conformarse.
Significa entender que los cambios verdaderos son procesos que requieren constancia, participación y compromiso colectivo.
Desde Michoacán lo sabemos bien.
Somos un pueblo trabajador, orgulloso de sus raíces y acostumbrado a levantarse frente a las dificultades. Nuestra historia está llena de mujeres y hombres que nunca esperaron que alguien viniera a resolverles la vida; siempre encontraron la manera de organizarse, luchar y salir adelante.
Por eso creo que el momento que vive México debe entenderse más allá de los gobiernos y de los periodos electorales.
La transformación no nació en una oficina ni comenzó con un decreto. Nació en el pueblo, en las comunidades, en la organización social y en la esperanza de millones de mexicanas y mexicanos que decidieron que el país podía ser diferente.
La verdadera transformación ocurre cuando la ciudadanía deja de ser espectadora y se convierte en protagonista.
Cuando una mujer descubre que puede liderar.
Cuando un joven entiende que su voz cuenta.
Cuando una comunidad decide participar en la construcción de su futuro.
Cuando la educación deja de ser un privilegio y se convierte en una herramienta de justicia.
Ahí es donde empiezan los cambios que perduran.
A dos años de aquella elección histórica, más allá de simpatías o diferencias políticas, vale la pena preguntarnos qué país queremos dejar a las próximas generaciones.
Porque la transformación no es una meta que se alcanza y se termina.
Es una responsabilidad que se construye todos los días.
Y mientras existan ciudadanas y ciudadanos dispuestos a participar, aprender, proponer y trabajar por el bien común, México seguirá escribiendo una historia distinta.
Una historia que apenas comienza.




